Salida de España y llegada a Japón (aduanas)

Después de dar la vara con Japón a todos durante más de la mitad de mi vida, cabría pensar que el momento en que recibía el comunicado final de que me habían dado la beca, iba a ser el más feliz de mi existencia. Bueno pues… si y no. Realmente me alegré un montón, pero me sorprendí a mi misma viendo en esta oportunidad más posibilidades de futuro que un sentimiento de “SIII POR FIN!! ME VOY A JAPÓN!!”.

Esto es en parte por haber convertido mi hobby de estudiar japonés, en mi trabajo. Y en parte por lo que comentaba en la entrada anterior, que ahora la cultura japonesa me gusta más profundamente (con conocimiento) y menos de forma friki alocada.

Pero por mucho que me gustase y me siga gustando Japón, todo el mundo me preguntaba “¿y no te da miedo?” “¿no estás nerviosa?” Y no… no lo estuve, al menos hasta el momento justo de irme. Al principio, pensaba que era porque tenía seguridad en mi misma, en que estaba preparada. Pero supongo que en realidad no era muy consciente de lo que ocurría, era como un sueño raro y etéreo, como si todavía faltara mucho tiempo para que realmente me tuviera que ir. Supongo que es la sensación que se tiene al alcanzar un objetivo que te has propuesto mucho tiempo atrás. Es como… “ah, ya está” “¿ha sido tan difícil?” “¿lo difícil viene ahora?” “¿bueno, y ahora qué se espera de mi?”.

Y la verdad es que hasta el propio día, la propia hora, el propio INSTANTE en el que me encontré traspasando el filtro del aeropuerto de Madrid, no me había sentido realmente nerviosa, insegura y con ganas de retroceder atrás y quedarme en mi camita calentita :3  Jajaja.

Pero en realidad lo peor fue el viaje, sola. No porque no me entendiera con al gente, o porque no me supiera ubicar. Sino porque le daba muchas vueltas al asunto. Realmente estaba haciendo eso… me estaba yendo. De este viaje en particular recordaré tres cosas: el sentimiento de abandono y soledad, lo mal que dormí porque en cuanto cerraba los ojos me agobiaban mis propios pensamientos (con lo cual estuve entretenida viendo las películas que me daban a elegir en el avión) y lo rica que estuvo la comida, jajaja. El viaje se me hizo eterno y lo que peor me ponía (anímicamente) era no poder comunicarme con nadie por whatsapp ni encontrar wifi.

También recordaré la entrada al país por el aeropuerto de Nagoya. Iba con los ojos rojos, saltones y super atenta a todo por miedo a que se me pasara algo por alto y me dejara la mochila o la cartera en algún lado, o que se me hubiera pasado algún cartel con información importante. Cuando tuve que hacerme mi tarjeta de extranjero y preguntar por los vuelos domésticos, me animó ver que era capaz de hablar en japonés y que me entendieran (y entenderles yo a ellos, claro). Por cierto.. no son taaaan estrictos con las aduanas (yo tenia un miedo terrible a pasarme del peso, número de medicamentos o de la cantidad de botes de un mismo producto que podía traerme de España y no fue para tanto, XD). Ni me revisaron ni declaré nada de nada. Supongo que en parte porque se veía que tenia el visado para un año y pico y estaba claro que iba a necesitar muchas cosas 😛

Aquí tenéis el procedimiento de entrada a Japón (perro-mascota aduanera incluida). Y aquí el papel que os dan en el avión y os hacen rellenar declarando lo que lleváis. Y ya os digo… yo puse más o menos el dinero en metálico que llevaba, rellené las diferentes cláusulas confirmando que no soy una terrorista ni llego droga, jajaja, y de lo demás nada. Porque lo cierto es que no hay que “pasarse de legal”. Yo no llevaba nada que luego pretendiera vender, y ponerse a especificar todos tus efectos personales es totalmente innecesario y una perdida de tiempo mía, y de los pobres policías de aduanas.

Al llegar por fin al aeropuerto de Kagoshima tuve que ir al baño mínimo a lavarme la cara y tal, porque habían pasado en total unas 28h desde que salí de Madrid, pasé por Frankfurt y Nagoya y finalmente llegué a mi destino. Y me encontré con mi actual mejor amigo: el váter japonés futurista.Y digo mi mejor amigo, porque no sabes que lo es hasta que tienes que probar a usar el váter japonés tradicional.

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A la salida del aeropuerto me venía a recoger una oficinista de la universidad. Me llevó a la residencia y me dejó en manos de una tutora personal (sempai mía) y de la encargada de la oficina de la residencia, para hacer el papeleo y comprar los artículos de primera necesidad (cable para el internet!! al fiiiiin!!).

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